Durante
la historia de la humanidad, las mujeres hemos tenido un rol de sanadoras,
tanto en el imaginario como en “la realidad”, mezclando cualidades propias del
espíritu femenino, de la psicología de la mujer, e incluso, una pisca de asociaciones
mitológicas. Tan solo miremos hacia atrás en el tiempo, y podremos observar que
hemos desempeñado con fluidez tareas como hervir infusiones, confeccionar
pócimas, encajar huesos, aplicar masajes musculares, limpiar heridas, recetar
dietas, entre tantas otras acciones curativas, aliviando y proporcionando salud
a la familia, la tribu, el pueblo, el barrio, los amigos. Este don femenino
para curar ha sido durante mucho tiempo apreciado quizás de manera informal o
situado en la penumbra de lo domestico. Afortunadamente, las mujeres hoy día
están convirtiéndose en una fuerza decisiva en la sociedad, con mucha presencia
en casi todos los sectores de las profesiones sanitarias, incorporándose en
esferas sociales de mayor validación.
¿De donde viene esta
afinidad con la sanación?, ¿Qué es lo ventajoso de las mujeres a la hora de
realizar un trabajo curativo con otros?, ¿Acaso tenemos algo “especial” al realizar
labores de esta índole?




